jueves, agosto 21, 2008

 

Estatalizizisación





Vender una empresa estatal con oficinas en todo el mundo, aviones, rutas y merchandising a precio módico a una empresa privada española.

Ver cómo esa empresa vende los locales, vende los aviones, despide personal, deja de lado el merchandising, vacía todo y contrar mucha, pero mucha deuda.

Y luego, cuando esa empresa no lo puede sostener más, que salga el Estado nuevamente a adquirirla, asumiendo la deuda y sin consecuencias para los empresarios...

No lo llamaría una reestatización. No señor.

Y como dijo mi padre: "Ojalá me dieran un negocio así"

Porque Marsans, Iberia y demases no pusieron en juego su capital. Ganaron, vendieron, se endeudaron y no tienen que pagar esa deuda.

El Estado argentino pagaría así los 890 millones de dólares que la empresa debe.
Según el radical Pedro Azcoiti, el Estado ya puso "565.100.000 pesos que fueron sustraídos de planes sociales, particularmente de vivienda, a través de los superpoderes", según citó Clarín.
Pasen y vean
que lindas tolderías




lunes, agosto 18, 2008

 

En pleno día

Supermercado Día de Beruti y Bulnes. 18 de agosto de 2008. 18hs.

- Decime vos, que tenés buena vista, ¿acá dice "hecho en India"? - Consulta una señora paquetona que está a punto de comprar una especie de cacerola-bowl plateada.

- Sí, "hecho en India"

- ¡Por dios! A lo que hemos llegado. Ahora los indios nos venden a nosotros... que horror.

viernes, agosto 01, 2008

 

Odisea en la Librería Santa Fé

Pasados 9 días de mi cumpleaños, decidí canjear la orden de compra que mi tía abuela me había regalado para que compre algún libro en la librería Santa Fé. Uno de esos buenos regalos que nunca fallan. Sólo había que acercarse a la sucursal más cercana y ¡voilá!: la sensación de canjear un libro por un cartón.

Pero ay de mí si todavía no aprendo que en la vida nada es tan fácil.

Voy al Alto Palermo, el shopping que sonríe, a buscar mi sucursal más cercana. Nada por aquí, nada por allí... la librería no está donde debería estar.
Volví a mi casa y rápidamente me enteré que lo que pasó era fácil: la mudaron al piso de arriba y yo me había ido sin siquiera preguntar.... está bien, mi error.

Vuelvo al día siguiente. Busco un cartel con información y leo que ahora hay que ir al segundo piso. Subo, llego y miro. Un nuevo local con dos pisos pero que, de todas formas, tiene muy poco lugar. Arriba, la sección de cosas específicas como historia, sociología, educación, antropología, fotografía. Abajo, best sellers, literatura universal, latinoamericana y argentina.
Me acerco a literatura universal.
EL HORROR.
Todo desordenado, los lomos algunos mirando para un lado, otros para el otro. Autores que vuelven a aparecer en otras estanterías. Libros aún sin guardar, cajas, una escalera en el medio que impide el paso y la vista...
"Mejor busco algo más puntual en Antropología", pensé.

Busco y al no encontrar abajo, decido que debe estar arriba y efectivamente allí encontré en el estante de más abajo, pegado al piso, luego de educación, la sección de antropología. No había mucho, pero sí más que en otros lugares. Al menos no confundían antropología con misticismo y esoterismo como he visto, ¡oh!, tantas veces. De todas formas no encontré nada interesante así que bajo a universal otra vez, dispuesto a mirar todo lo que había en orden.
Una señora le pregunta a un vendedor:
- ¿Hay algún lugar para ver los precios?
- Me los va diciendo y yo les digo
- ¡¿Con cada libro?! Pero... que aburrido!

Me mira buscando complicidad. La encuentra porque también me parece insoportable tener que preguntar por cada precio, y generalmente pregunto por muchos.
-¡Así me aburro! - Grita.
- Yo por eso ya ni pregunto - le digo.
Los vendedores no le dan bola. Aparece una señora mayor.
- ¿Hay alguna computadora para consultar algo?
- Me lo dice a mí y yo consulto - responde una vendedora con aires de haber respondido esto ya muchas veces.
- Mmm... Bueh, a ver... - y hace una consulta.

No es que uno pida un aparatito electrónico como tenía Capítulo Dos, pero al menos un precio escrito con lápiz, una etiquetita. Tampoco que uno reniegue del contacto humano, pero para los que hacemos un balance título-precio, a veces tenemos que pasar por lo menos por una comparación de 30 libros, y es muy molesto para uno tener que acudir al vendedor cada vez.

Yo seguía buscando, pero no encontraba nada. Miro para arriba y veo que la estantería sigue hasta el techo, al menos 6 metros más, con editoriales y libros que abajo no habían.
Subo al piso de arriba e intento asomarme por la baranda para ver qué títulos hay. Sobre todo eran cosas de Losada y Anagrama, que puede tener traducciones molestas pero suelen publicar cosas copadas a veces.
Eran estantes y estantes de cosas que quedan fuera de vista.
Le pregunto a un vendedor muy novato que está sentado en el piso acomodando unas cosas si hay forma de saber qué hay ahí.
- Mmm, no - me dice
- ¿Cómo que no? Quiero mirar un poco qué libros son, ¿no se puede buscar por la computadora al menos?
- Tendrías que decirme un autor, un título.
- No sé, quiero mirar que hay. ¿Puedo poner un nombre en la computadora y fijarme?
- Sí, así quizás sí.
- Bueno, intento...
- No, pará, que quizás me matan si te dejo usarla
- ...
- Fijate si te dejan subirte a la escalera
- Bueh, gracias.
Vuelvo a la baranda a ver si puedo ver los nombres de los libros. Pienso que mi vista cada vez está peor. Me empiezan a doler los ojos ya y el calor empieza a subir dentro de la campera, pulóver, buzo, remera que llevaba puesto.

Bajo y le pregunto a uno del mostrador que parecía tener la batuta cómo hago para saber qué libros son esos. Me ofrece subirme a la escalera. Me guardan la campera y me advierten
- No cometas riesgos, subí sólo hasta donde veas que podés leer.
- Oka

Subo a las alturas. Miro, miro, miro. Hay un par de cosas, Faulkner, Proust, Auster...
Bajo sano y salvo. Le pregunto a una vendedora los precios de aquellos libros.
- ¿Y cómo es el nombre?
- Eh... uh, no me acuerdo.
- A ver, esperá...

La chica sube al primer piso y se asoma por la baranda de una forma vertiginosa y me señala,
- ¿Ése?
- Sep

Baja y me dice el precio. Le agradezco y sigo mirando. Ahora, literatura argentina. ¿Le doy una oportunidad a Borges? Que sí, que no. Mejor no, pido algo prestado y ahí si me gusta me compro algo. Y quizás, aparte, tengo algo en la biblioteca de mi abuelo. Mejor no arriesgarse.

Vuelvo a universal. A esta altura, entre el calor, la molestia en los ojos, la falta de organización del lugar, la necesidad de consultar cada precio que me hacía tardar más en elegir porque no quería molestar y molestarme tanto, etc. etc. ya me tenían un poco podrido.

Finalmente, se abrió un claro en el bosque y apareció un título que hace mucho que quería leer. El guardián en el centeno, O The Catcher in the Rhye, en su nombre en inglés, de Salinger.
Lo agarré de una, lo llevé al mostrador y lo compré con mi cartoncito.

Ahora, espero no terminar asesinando a ninguna estrella.

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